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Raúl Paz quiere cambiar su biografía

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Raul Paz y Familia

Según casi todas las biografías que aparecen en Internet, Raúl Paz es un músico cubano-francés, embajador de Buena Voluntad de la Unesco y con influencias como el pop, rock, reggae, timba, merengue y la salsa. Dos de esas afirmaciones son falsas. Raúl Paz no es embajador de la Unesco, sino de la Unicef. Niños y no patrimonio, pero en este mundo de tiktokers, ni a la Wikipedia ni a Ecured le importan realmente a quién le das tu voluntad. Paz tampoco tiene tantas influencias musicales. “Yo no sé de qué tengo influencias, pero por favor elimínenme la frase esa”. De pequeño, en un pueblo de San Luis, con poco más de treinta mil habitantes, solo había emisoras locales, una televisión con dos canales que cerraba a las 12 de la noche y un tocadiscos con un disco en checo de Led Zeppelin.

La tercera de las informaciones es una verdad que esconde el engaño de por dónde comenzó todo. En esa red capaz de condensar en ceros y unos los qué, cuándo y dónde de una existencia considerada de interés globalizado, hay algo que nadie sabe. El cubano que triunfó en los teatros parisinos y colmó titulares de la prensa francesa, llegó a la Ciudad de las Luces “engañando” a los franceses. “¿Eso se puede cambiar? Yo quiero cambiarlo”. Raúl Paz quiere cambiar su biografía.

Lunes de un febrero pandémico. Va a llover y Raúl Paz tarda como solo lo hacen los artistas. Con clase y teniendo tu perdón anticipado. Desde hace años en la esquina de 11 y Paseo está su casa y su estudio. Su apartamento en La Habana y su estudio al lado de una lavadora. La puerta de cristal se abre. Sale un Paz en miniatura. Es su hijo Rafael. Casi que una calcomanía en pequeñito de esos rizos que conquistaron con “Mama”. El mayor, Rocco, vive en Francia hace unos años. “Yo soy muy de mis hijos” ―dice el músico cubano que cambió las giras, conciertos, proyectos, discos y el catalogo francés para, entre otras razones, que sus hijos “tuvieran el pedazo de Cuba que les tocaba por la libreta”.

Finalmente abre. De chaqueta y pantalón de vestir. Vuelve a pedir cinco minutos y se marcha. El rosado del pantalón le combina con la piel. Hasta hace quince minutos estaba en el techo, “todo sudado”, y arreglando unos problemas en la conexión a Internet. Ahora está impecable y huele bien. Tan cubano y tan francés.

Su último disco se estrenó en 2017. Ahora acaba de lanzar El Puente para una nueva telenovela cubana. No es la primera vez que lo hace. Antes hizo las bandas sonoras de Tiempo de amar y La otra esquina. Durante el último año escribió un himno para una organización no gubernamental, un libro de cuentos cortos en forma de cancionero y preparó un concierto de música clásica para dar en Cuba. Paz salta de proyecto en proyecto. Y si no le baja la musa se va a la playa. “Es como alguien que se pone bravo contigo y tú lo dejas. Y dices:´después yo hablo con él´. Y así”.

Preparando todo esto y debido a la pandemia, ha sido poco lo que se le ha visto por las pantallas. Al menos las visibles. Hace unos meses, en plena COVID-19, viajó a África, donde la voluntad busca dueño. Allí ofreció un concierto para celebrar el primer año de una organización que tiene como propósito una educación para los países del sur. “A mí siempre me salvaron los libros. Me salvó tener acceso a leer. Y no hablo mucho de eso porque no es algo que haya que ir hablando porque son cosas que uno hace, tratar de ayudar al que tiene menos que tú. A mí me ha ayudado mucha gente, así que yo trato siempre de ayudar en lo que puedo”.

En Facebook también se le ve. Desde marzo de 2020 su perfil se volvió una combinación de temas antiguos y pensamientos filosóficos. La vejez, el amor y el éxito. En una de ellas, el actor Orson Welles se cuestiona sobre qué es más importante: ¿el arte o los amigos?

— García Márquez decía que escribía para que lo quisieran sus amigos. ¿Para que escribe Raúl Paz?

— ¿Qué decía García Márquez?

— Que escribía para que lo quisieran sus amigos.

— Ah, para que lo quisieran sus amigos. Una bonita manera de decir eso, que lo quieran. Yo pienso que todo artista tiene una necesidad pequeña o grande de que lo quieran, yo lo digo en la canción “Carnaval”. De cierta manera, yo escribo por una necesidad. Quizás en mi vida cotidiana no sea lo suficientemente comunicativo, o valiente, o sincero, como para poder comunicar todo lo que quiero y el arte me permite esa libertad. Muchas veces escribo para entenderme.

— ¿Tienes miedo al olvido?

— No, para nada. El olvido es parte de la existencia. Es como ser recordado. No tengo, creo. Tenemos mucha suerte ya de hacer lo que hacemos. Que eso dure un día, 10 o 20, es cada día una bonificación, pero no una obsesión. Al contrario, justamente en estos momentos de redes sociales y tanta promiscuidad barata, casi que no quiero estar. A veces prefiero que me olviden un poco para no ser parte de esa filosofía de contar todo y de que todo es posible y de “hay que”… Así que no, el olvido no me preocupa para nada.

En 2006 el cuban french, como dicen las biografías, tenía como costumbre hacer planchas antes de empezar a tocar. Ahora se toma un traguito de ron y no canta enfrente de cámaras de televisión. Pero sí en la cocina, mientras prepara café de su finca Villaverde en Viñales. Ópera y música clásica. Las suyas no se las sabe. “¿Cómo te voy a cantar una canción? No me sé ni la primera ni la última”, se niega sentado al lado del piano de su sala.

Su amigo y guitarrista de muchos de sus discos, Nam San Fong, lo conoció por allá cuando hacía planchas. De quien considera “uno de sus pocos amigos”, El Chino cuenta que se conocieron en París hace quince años, “justo cuando me invitó a tocar en su gira En casa”.

— ¿Qué lo hace diferente al resto de músicos con los que has trabajado?

— Es un músico sincero. Aunque es un gran conocedor del mercado, la música que crea no se ve afectada por la frialdad que pueden acarrear estos conocimientos. Su música es siempre verdadera y fresca. Es uno de los más atrevidos que conozco y de los que más se han reinventado.

En 1996, un periodista del diario francés Libération le hizo a Paz una de sus primeras entrevistas. Por aquellos días, aún no tenía un disco, pero “empezaba a tener cierta ‘familla’ en los círculos intelectuales de París, era como el hippie cubano”. De ese encuentro salió una de las frases que se ha extendido por Internet. La huella digital no perdona. “Él puso: ´Este músico cubano, con su influencia…´ e hizo una lista: ´pop, rock, timba, merengue, salsa, rock & roll, reggae y no sé qué. Es la cosa más absurda del mundo porque nadie puede tener todas esas influencias a la vez”.

Pero, claro, como casi toda mentira, nació de una verdad. “Tiene que ver — dice Paz — con lo que yo hacía en ese momento. El hecho de estar estudiando en la academia te crea un complejo de que sepan que yo estudié en la academia. Y cuando empiezo a hacer mis primeros temas, los arreglos eran insoportables, porque yo trataba de poner a la vez el conocimiento con todas mis influencias. Entonces, hacía unos temas súper feos que pasaban por todos los estilos. Era como: ´Miren qué bueno soy, qué bueno estoy´, que es lo peor que te puede pasar, que vayas a exponerte”.

El cubano de San Luis había llegado a París en 1993 para estudiar música francesa impresionista del siglo XX. Su primera actuación en la capital francesa, adonde llegó después de hacer teatro durante un año en Uruguay y rodar unas escenas para una película en Brasil, fue en el metro. Él y un amigo. Cuatro horas y 20 centavos. Empezaron por los clásicos y terminaron con los ritmos cubanos. Pero “fue fatal. Por ahí hay mucha gente que tiene éxito en los metros y que no lo va a tener en otro lado. Eso te permite de cierta manera un respeto absoluto por todas las formas. Ninguna es mejor que otra”.

Tachado el metro de la lista de opciones, se fue a buscar trabajo a un bar. Lo intentó varias veces. Primero tocaba por “comida rica de París”. Pero las cuentas no alcanzaban, así que se compró una guía de los bares de la ciudad y marcó los latinos que “estaban muy de moda. Fui a todos, así con tremenda cara, a decirles que yo era cantante y tenía un grupo”.

Fue en un restaurante mexicano que todavía existe en plena Bastilla, llamado Chihuahua, donde convenció a sus dueños egipcios, que acababan de regresar de Cuba, de tocar allí todas las noches. Y como a Raúl le gusta vivir en el ahora, “hago todo para el presente. Nunca en mi vida he hecho nada pensando en después que me muera o luego qué pasará”, pues resulta que “no tenía, por supuesto, ningún grupo”.

— Yo encantado, sería genial. ¿Cuántos son? — preguntó el dueño.

— Somos cinco — le respondió, por decir algo.

— Ah, perfecto, vengan para hacerles una audición mañana.

Con su labia, Paz consiguió que la audición no fuera uno, sino cuatro días más tarde. En ese tiempo formó el grupo con el que tocaría durante un año, de martes a domingo, todas las noches. Cachimbo se llamaba. No recuerda por qué. Solo que “era un grupito muy malo”, de gente que se encontró por ahí: el amigo del fracaso en el metro que tocaba la flauta clásica, un baterista uruguayo, un bajista argentino y su esposa jazzista, una solista estudiante del conservatorio y un pianista mexicano. “Ese era el grupo, eran LosYoyos en una versión mala. Aquello no sonaba ni pa´ atrás ni pa´ alante. No tenía nada que ver con la música cubana y era lo que querían que tocáramos”.

En el año 2000, Raúl Paz había vendido 200 000 copias de su primer disco, grabado en Miami. Dos años antes había conocido a Ralph Mercado, el gran productor de la música latina en Europa con su disquera RMM. Imagínate, como se llamó el álbum en Estados Unidos, había triunfado en la América de los norteamericanos enganchados a los latinos. Con esa producción, Paz se hizo una gira por casi todo el continente americano haciendo de telonero de Tito Puentes. Era la época del boom. En la compañía estaban Celia Cruz, Marc Anthony, Oscar de León e Isaac Delgado. No parecía haber marcha atrás en el triunfo de unos rizos con ritmos de tabaco.

Pero había algo que no convencía al músico: el género salsero que venía con la compañía. Ni le gustaba mucho, ni lo creía lo más indicado, Paz quería probar por otro lado. Terco y convencido, como dice su hijo Rocco: “Cuando él tiene una idea en mente, un plan, tú puedes hacer lo que quieras, puedes conversar con él cuanto tú quieras, él no cambiará de idea. De cierto modo es una cualidad, una confianza en sí mismo tan abrumadora, que cuando estás frente a eso, a veces te sientes un poco incapaz”. Así que en el 2000 le prestaron una casa en Santo Domingo y escribió el disco que RMM quería: uno al que nadie pudo predecir la bancarrota que le esperaba ―Blanco y negro―; y otro ―Mulata―, que llenaría salas en Europa y consolidaría a Raúl Paz como el músico cubano-francés que conocemos hoy.

Dice Paz que “la vida está hecha, a pesar de todo, bien”. En el 2000 RMM cayó en quiebra, justamente cuando salió el álbum del cual no estaba convencido, y el cuban french tomó “sus matules” y regresó a la Bastilla. “Yo no soy fan de Estados Unidos, ni de su cultura de manera general. Es un gran país y aprendí muchísimo, pero no me siento perfectamente bien con vivir ahí”, dijo Paz una tarde en La Habana.

La opción estuvo. Se la ofrecieron en bandeja adornada y con plato tapado. En 2013 el embajador de Francia en Cuba le entregó a Paz la Orden Nacional del Mérito y contó de cuando el pinareño eligió París, sin contrato ni disco. “Es en este preciso momento que su vida hubiera podido tomar otra dirección, en que hubiera podido irse a vivir a los Estados Unidos. Para eso, hubiera tenido que dar garantías políticas a sus padrinos musicales del exilio cubano en Miami, y usted no estaba dispuesto a hacerlo”. Dicen que en aquella decisión también se la jugó, con un consejo, la mismísima Celia Cruz.

De vuelta en París, Paz firmó con un sello independiente que le garantizó libertad de creación. La libertad, condición básica arrebatada y peleada con garras por los valientes. De allí saldrían sus álbumes de éxito Mulata y Revolución. Cuenta el embajador francés que por aquellos días en que Paz se presentaba en Olimpia, una de las salas más importantes del mundo, un ministro cubano de Cultura llamado Abel Prieto se encontró en el metro con un afiche y cuatro palabras: “Raúl Paz, Cuba, Olimpia y Revolución”. Intrigado, Prieto fue a escucharlo a Olimpia y lo visitó en el camerino.

Surgía de ese modo una pregunta: “Mi música es profundamente cubana, pero ¿cómo será acogida por los cubanos?”. Hace poco, en un marzo pandémico, el artista dijo, en un audio de WhatsApp, mientras manejaba en su carro por las calles de La Habana: “En Francia era un artista, aunque cubano. Los franceses eso te lo hacen ver muy bien siempre”.

Raúl Paz creció en un pueblecito lleno de campos de tabaco, donde todo sonaba a tabaco. “A libertad y a tabacos”. Los niños jugaban entre ellos y siempre había alguna que otra bronca porque los estropeaban. Pero no fue hasta que estuvo fuera de Cuba, muchos años después, que, desesperado por escuchar su infancia, fumó uno por primera vez. Poderosa nostalgia. Poderoso gorrión. Poderosa amígdala que esconde el olor que no sabemos que queremos recordar, hasta que lo tenemos de frente.

Su primera canción editada nació una mañana en Ibiza, después de largas noches en vela. La escribió en 1997 y se titula “Madrugada”. Es un tema inspirado en Cuba y la distancia.

“¿Por qué volviste?”: es una pregunta fácil de hacer y casi imposible de contestar; o al menos, de contestar de verdad, creyendo, claro, que existe una verdad. “¿Por qué volviste?” es casi como “¿Por qué te quedas?”. Una persona desde afuera se cuestiona por qué la obsesión de permanecer y regresar siempre al mismo lugar. ¿Qué se esconde en ese rincón del mundo que yo no tengo? ¿Cuál es el secreto al que tú has tenido acceso y yo no? ¿Qué te ofrece el sitio al que vuelves que puede ser cambiado por otro y elegido en lugar de otro? Capaz de hacerte marchar y hacerte volver. La simbiosis del valiente y del cobarde. “¿Por qué volviste?”. Leonardo Padura odia que le pregunten por qué se queda en Cuba. Raúl Paz se pregunta muchas veces por que volvió.

“Es necesario volver, aunque duela. Es necesario volver. Mi plan, realmente y sinceramente, no lo era. Después que tú te vas una vez y vives fuera de tu país o de tu pueblo, entiendes que puedes vivir en cualquier lugar. O sea, ya no eres de una sola parte. Entonces, la idea siempre fue volver para ver qué yo había dejado atrás”.

Pero durante mucho tiempo regresar se había vuelto la manzana prohibida del Edén. Raúl se fue de Cuba en 1993 con un permiso de salida que, en la época, si excedías su tiempo, te prohibía volver a tu país durante años. “En algún momento me planteé que no volvería nunca más. Me parecía una injusticia tan grande que tampoco me daban muchas ganas de volver”.

Pero con los años, fueron cambiando las perspectivas y vinieron otras “necesidades más naturales. Era como una revancha de decir ´bueno, no me quisieron, ahora que ya soy famosete, ahora me quieren un poco, ¿por qué no?´ Era como regresar con la frente en alto y no necesariamente como algunos otros, que viraron para arreglar sus vidas porque les iba mal en otros lados. Lo que sea. Poco importa. Estuvo prohibido volver a Cuba, en esa época era bastante común”.

Raúl Paz regresó a Cuba en 2008 y llenó canales y silencios con el sencillo “Mama”. Poco tiempo después de su llegada, reunió a varios artistas franceses para recolectar fondos y reconstruir escuelas destruidas por los huracanes Gustav e Ike. En pocos meses estaba tocando en su colegio natal y llenando el teatro Karl Marx. Los cubanos parecían, sin conocerlo, no haberlo olvidado nunca. Solo se notaba una ausencia. De haber llegado antes ese permiso, Raúl Paz habría vuelto a ver a su padre antes de morir.

“Nada mejor que volver a casa, nada mejor que volverte a ver, en la distancia sobran las ganas y se nos hace fino el querer”, dice una de sus canciones. Volver. Ya lo profetizó Gardel, “veinte años no es nada”. “Yo creo que al final volver es una necesidad que tenemos todos siempre, de volver a entender cosas. Cosas pendientes, desde familiares hasta sociales, y con mi propio yo. Pero también estaba volverme a encontrar con un público que debería haber sido mi público natural y que no lo era. Había esa necesidad de encontrar la valentía de enfrentarme a gente que necesariamente no me conocía. Para estar en una dimensión más potable de mi propia existencia y cerrar un círculo”.

— ¿Te quiere la gente más fuera que dentro?

— No sé, no sé. A mí hay gente que me quiere, aquí o allá. Los que no me quieren no sé quiénes son. No me interesa esa parte. Me gusta más la gente que me quiere.

El 2 de diciembre de 2013, Raúl Paz se convirtió en Caballero de la Orden Nacional del Mérito de Francia. Veinte años antes había llegado a París, una noche de invierno en que no había Torre Eiffel en una ventana, sino “techos húmedos de una ciudad distinta, íntima e irremediablemente difícil”.

Un año antes había salido de Cuba sin graduarse para no tener que cumplir el servicio social. Si se graduaba, tenía que quedarse a cumplirlo y “la idea era irse de cualquier manera”. Raúl Paz tenía un dilema. No sabía qué iba a ser. “Yo no quería cantar ópera. Y en ese momento no existía el reino del reguetón sino el de la timba, que no era mejor, y yo tampoco me veía cantante de timba. Las perspectivas al graduarme eran: o iba para la Ópera Nacional, lo cual era un desastre; o hacía una audición para cantar con Paulito FG o los Van Van, lo cual no me convencía; o cogía una guitarrita y me hacía el trovador, lo cual tampoco era para mí”.

La decisión fue entonces apostarle al estudio, oportunidad que llegó mientras residía en Montevideo. Una beca de la Schola Cantorum de París, un lugar lleno de anfiteatros, adonde Paz llegó tarde el primer día porque no sabía leer en francés y no encontraba el aula. Pero no es solo que no sabía leer, es que no sabía hablarlo más allá de un bonsoir, ni entenderlo de la boca de un profesor parisino que ese primer día lo emplazó en medio del aula con una pregunta sobre armonía. La única respuesta del cubano recién llegado fue maldecir bajito en español, tan bajito que un colombiano sentado a unos puestos de distancia lo descubrió, como solo se descubren los latinos cuando están lejos de casa: a la primera y entablando confianza. El que llegaría a ser uno de sus grandes amigos, se acercó cuando terminó la clase:

— Ah, tú hablas español. Y no entendiste nada de lo que te dijeron…

— Es que no entiendo nada. No es que no entendí lo que me dijeron, es que no entendí una sola palabra del curso.

— Pero tú estás loco, te van a botar de aquí mañana. Vamos a ver a la rectora.

Para acceder a la beca no había exámenes de francés, pero te hacían una pregunta de honor donde tú garantizabas el dominio del idioma. A fin de cuentas, ¿a quién se le ocurriría ir a estudiar música francesa sin saber francés? A un cubano, y a Raúl Paz. La rectora lo botó de inmediato.

Pero Raúl que, como ya se dijo, pudo convencer a unos egipcios de contratar a un grupo que todavía no existía y grabar el álbum que él de verdad quería en una casa prestada, le dijo al colombiano: “Traduce ahí”, y le contó a la rectora de nariz afilada la historia de su vida. San Luis, tabaco, Isla pequeña… “deme un chance”. Sin embargo, la directora que no era cubana sino francesa, con más de dos mil años de historia y medio centenar de reyes detrás, le dijo “estás botao igual”, o como se diga en francés. Paz, en aquel momento, no lo entendió. No obstante, como Paz, que no era francés sino cubano, con quinientos años de historia detrás y una Revolución, la convenció de darle un tiempo para aprender el idioma. “De aquí a tres meses vienes a verme, y si tú y yo podemos entablar una conversación, tú me entiendes y yo te entiendo, te vuelvo a dar entrada a la escuela”.

Los próximos meses fueron toda “una locura y no es que aprendí francés, pero logré ir y comunicarme con la señora. Me imagino hablando como los indios. Ella se reía mucho, pero hice lo que pude y entré a la escuela”.

“Solo tú y yo sabemos lo que nos pasó”, le cantó a su esposa Rachèle cuando se conocieron en un bar francés, años después, cuando ya sabía enamorar en el idioma de Voltaire. “Me cuesta no estar enamorado. Y no estar enamorado de todo; o sea, de una persona o de varias personas, o de la vida o de varias cosas. Me interesa más enamorarme a que se enamoren”.

¿Para qué escribe Raúl Paz?: no, esa no es la pregunta. La pregunta es por qué. “Por supuesto que hubo cosas, por supuesto que hubo quejas, por supuesto que hubo antojo, por supuesto que penas, por supuesto que hubo intrusos, por supuesto que hubo guerra”, inmortalizó en aquella canción.

— ¿Para qué escribe Raúl Paz?

— “Me puedo enamorar de alguien que no conozco o que no conoceré. No importa. A mí me trae unos sentimientos y unas cosas, aunque a veces sean malas, que me hacen vivir y me hacen, quizás, hacer la profesión que hago”.

Raúl Paz llegó a París “engañando” a los franceses, pero ya Francia lo extrañaba. Según casi todas las biografías que aparecen en Internet, es un músico cubano-francés. La primera noche que durmió en su país adoptivo era diciembre y había frío. De la mañana siguiente recuerda el rayo de luz que vio colarse por entre las nubes, a la entrada de la estación Passy. El silencio que generaba un idioma que no entendía y la gente corriendo, le apretaron el pecho, como toda “sensación de angustia a cada encuentro con la vida. El frío seco me entró por los ojos y los huesos provocando una confusa y misteriosa lágrima. Rápidamente me contuve y me dije en voz alta: ´Raúl, este no es el momento de mirar atrás. La felicidad la construye uno mismo”. Raúl Paz no necesita cambiar su biografía.

Tomado de: https://medium.com/el-caimán-barbudo/

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